Todas las entradas por Sebastián Lozano

XXIX

Me gusta cuando, a veces, disgustada,
un relámpago de ira
cruza el rostro y estalla en tus pupilas
con trémulo fulgor.

Y proyectando incorpóreas formas
insúflales la vida,
salpicando la estancia que ilumina
de trágico candor.

Y al fin, acabado todo,
desenconada el alma,
vuelve a tus ojos la calma
y amainas la tempestad.

Como la rugiente ola del mar
que ardiendo busca la fría roca,
y tan pronto rompe en su contra,
se apaga sin más.

Las crónicas del bosque nublado (volumen I) Próximo lanzamiento. Primavera-verano 2020.

Mortak es un despiadado bandido que huye de la justicia; Magorn, un hechicero ermitaño que vive en una cabaña a la vera del bosque nublado con su fiel catraz, Hollador. Calmíade, una anciana que desea estar en paz con los espíritus. Zumak y Eusífides dos enemigos colosales que se han jurado la muerte. Algael, un hombre humilde que trata de salvar a su hijo, Tomás, en una ciudad asolada por la peste. Sáliba, una vieja que por su oficio es considerada una bruja. El capitán Lúbrok, un comerciante al que la suerte le ha dado la espalda. Barbahelada, un pirata abnegado con su vil afición. Vísprel es un hombre de campo de pacífica existencia, hasta que recibe una macabra visita. Josler, un mercenario que se juró a sí mismo no volver a matar.

Poco o nada tienen que ver las vidas de unos con las de los otros, hasta que el influjo del bosque nublado comienza a pesar sobre todos ellos.

 

Muy pronto comienza la aventura…

XI La rueda que nos mueve

Días de otoño. Días de reflexión. Cuando el sol ya expira, el viento y la lluvia atraen la inspiración.

Pues sí, ya llevaba algún tiempo sin publicar nada. Si todo va bien a finales de este año estará lista mi primera novela, así como un tercer libro de poesía que he ido sacándome de dentro a lo largo de los últimos años. Mientras tanto, en estos días de frío que por fin han llegado (mis favoritos), sigo buscando a las musas en mi bosque particular al que todos habéis sido invitados. Pero hasta que llegue el momento de las próximas publicaciones, os voy dejando algo de hace años. Uno de esos poemas de desamor que quedan empolvados en un cajón hasta que llega el momento de que vean la luz.

Espero que lo leáis con el alma abierta y la lluvia golpeando las ventanas mientras os sentís a salvo en vuestro refugio.

XI

Hoy he recibido tu carta,
Y al leerla,
Se ha levantado mi mirada
Hacia el infinito que existe
En el cielo de mi habitación.

Quedé un momento pensativo,
Absorto,
En suspenso;
Y luego comenzó a recorrer mi cuerpo
Un ligero fervor…

¿A qué decir ahora las palabras
que prenden esta sinrazón?

¿No lo destrozaste?
¿No se ennegreció?
¿A qué decir que una coraza
envuelve ahora mi corazón?

Y que no sabes
De qué está hecha,
Ni qué guarda,
Ni como se la abre…
¿Acaso no lo sabes?

¿En qué se convierte el alma
cuando no destila los sueños
que el tiempo le arrebató?

¿En qué acaba la figura de arcilla
al cerrarse sobre sí, llena de ira,
la mano de su creador?

¿Y aún no lo sabes?
Pues yo te lo diré:

Esa coraza…
Es un bastión de estéril roca
Lleno con los versos de tu boca
Que he podido encarcelar.

Su guardián es una momia
Que adormece mi memoria
Con el sueño más profundo
Que se pueda imaginar.

Si el fulgor de tus ojos despierta
El recuerdo que ondea tras sus puertas,
De mi corazón, que aún te ama,
¿Quién se apiadará?

Esa coraza…
Es una caja de Pandora
Que palpita a cada hora
En que me vienes a buscar.

Está llena de lamentos,
De demonios y secretos,
Es mi alma ennegrecida
Que no quiere libertad.

Si tu voz arranca las bisagras
Que retienen la guadaña,
Cuando roce ya mi cuello
¿Quién la detendrá?

Y su interior…

Es un nido de tormentos,
De alimañas y esperpentos,
Un talud que se avecina
Y nadie puede apaciguar.

Pues la bruma que desprende
De la boca se hunde al vientre
Rebuscando en las entrañas
Cuanto pueda destrozar.

Si tus manos y tus pechos
Horadaran sus cimientos,
Cuando yazca en sus escombros
Dime ¿quién me sacará?

¿Quién me sacará?
¿Lo entiendes?
¿Qué sentido tiene entonces
venirme ahora a preguntar?

La coraza es una tumba,
Una tumba y dentro de ella
Lo que tú y yo soñamos,
Ahí se ha de quedar.

Si su lápida rompieres
por saber lo que contiene,
Al mirar dentro del nicho
¿qué crees que encontrarás?

Un alma y sus andrajos,
La razón hecha pedazos,
Mi conciencia diluida
Que te llama sin cesar.

Unas manos sin tus manos
Que ahora buscan sin atino
El corazón sobre el camino
Que ha quedado por andar…

Unos ojos que se cierran,
Un suspiro que te entierra,
Una voz que te suplica
Que no vuelvas nunca más.

Son esquirlas de oro y plata,
Mis recuerdos que se pudren,
Los fantasmas de una lumbre
Que la rueda, ha de apagar…

Poema X

X

Como ese talento desafiante y sobrecogedor
que tan sólo a los genios les es dado,
y que ávidos por arrancar de nuestra mediocridad,
en la revuelta imaginación, insaciables, buscamos…

Como si hacer brotar el fruto
de la estéril siembra de virtudes
fuese un don a nuestra única
insistencia encadenado…

Así busca el hombre en vida,
y aun después de ella,
reflejos que vienen de las sombras
y que sin dejar su huella,
insignes,
vuelven al otro lado.

Así busca el hombre el amor
cuando éste ya se ha ido;
y del cavernoso vacío de su alma
vuelve un eco vulgar y desabrido.

A qué querer hacer volver
aquello que no nos es ya permitido;
a qué llorar el muerto, una vez en el sepulcro,
como si sólo estuviese levemente herido.

Poema VIII

VIII

 

Yo os diré qué es el amor,
esa cruenta aparición que hábilmente
se anida en el enfermo;

Fantasma embaucador que nos abraza
aun cuando se han desecho ya
sus dulces restos.

El amor es un ensayo, un imperfecto,
de nuestra propia vida vulgar reflejo,
que nace abriendo al mundo nuevas formas
y muere cerrándose la cruz sobre su pecho.

Yo os diré:

Que la llama de amor imperturbable
que es camino de fe para los necios,
agonizará al castigo de la lluvia errante
o sucumbirá bajo el pie de quienes la prendieron.

Cuan el hierro puede abrir en la piel
cientos de heridas que desangren con el tiempo,
así puede asestarse fiero golpe
que de punzada mortal destripe al reo.

Que pueden los látigos caer sobre la carne
hasta esparcir toda la sangre por los suelos,
como podría caer la horca del cadalso
y acabar con él de un golpe seco.

Hay, de acabar con el amor,
tantas formas como de acabar
la vida al menos;

Sólo que vuelve éste a surgir
cual bruma de mañana
que se filtra en las entrañas
con afán de vernos ciegos.

¿Somos polvo?
Tal vez en polvo acabaremos.
Así, mientras el polvo esté en pie,
muera mil veces antes de caer
por preparar su propio entierro.

Poema IX (La rueda que nos mueve)

Os dejo aquí un poema más. Ya llevaba un par de meses sin publicar nada, pero no he olvidado mi promesa de principios de año. Espero que os guste.

 

IX

De una mujer no temo cuanto dice,
pues razones tendrá donde las halla
cuando del fuego y del silencio inquieto,
su frágil corazón, al fin, estalla.

De esta enemiga fiel
no temo las aras de su venganza;
ni los envites embravecidos
que del fuero del alma son nacidos
cuando se alza solemne en la batalla.

Todo tiene locuaz motivo,
y cierto es,
que de cuanto hemos oído,
cuestión sea de virtud o paciencia,
lo intuirá la humana inteligencia
sin error.

No son sus palabras
las que me preocupan,
ni sus fieros golpes
que mi mente ocupan
cuando puedo afrontarlos
sin temor.

Lo único que en verdad temo de una mujer,
ese enigma indescifrable que me reconcome el alma,
es leer en sus pupilas un estigma inconfesable
que por tratar de ocultar le hierve en las entrañas.

Creerá tal vez que me ha taimado,
que no he notado en su retórica conducta extraña,
sin saber que cuanto adolece en su conciencia
lo he visto yo desdibujarse
en los agonizantes tonos que delatan sus palabras.

Y así, sin más, como si todo dicho y sentenciado,
rotas las cuerdas del poema enmudeciere el arpa,
se da la vuelta inadvertida con la única intención
de tragarse el nudo que le asoma a la garganta.

Esta noche llorará, y una vez serena,
cuando sienta que del cándido sopor lejana voz la llama,
y sus rendidos ojos vengan quiebros a desfallecer
sobre los gráciles bordados que decoran su almohada.

Cuando llegue el punto de distensión de los sentidos
en que arrollador nos vence el sueño enardecido
y el irremisible empuje de su miedo al fin decaiga.
Allá donde encendido el dogma de vivir y ser valiente,
la triste realidad, del lazo con el sufrimiento se deshaga.

Cuando el aliento de Morfeo la envuelva en dulce abrazo
para liberarla de cuantos agravios mortales le confiere el alma,
girará la rueda una vez más,
y quedará de lánguida ensoñación vestido el alba.

Tal vez el sueño la convenza de que no existe desazón,
de que el llanto se disipa hasta apurar su ansia,
y quedando adormecida en sus memorias
se le antoje que de lo que fue, ya no queda nada.

Pero yo, tendido junto a ella,
vibrando mi inquietud, discreta entre las sábanas,
me preguntaré sin hallar respuesta alguna
qué es aquello que la tortura y sangra.

Duérmase ella tal vez tranquila, en sosiego,
creyendo que del corazón ha menguado ahora su carga,
sin darse cuenta de que en su irracional convencimiento
no hay siquiera un atisbo de esperanza.

Sabedlo todos.

Lo que me hace temblar el pulso mientras contemplo su semblante
lívido como el mármol del antiguo templo ataviado en nácar,
es mirarla fijamente a los ojos,
descubrir que en algo adolece su voz enrarecida y llana,
y tratando vanamente de augurarlo,
no saber qué es lo que calla.

Sebastián Lozano (Año 2011)

VII

VII

Dijo que te amaba,
Y tú, ingenua…
Lo creíste sólo porque
lo expresaron sus palabras…

¿Acaso no sabes que
el espíritu resuelto
obra sólo en pensamiento
y al mentir no siente nada?

Debiste mirar sus ojos,
pues el corazón que con su voz
acecha al labio falsas rimas,
jamás podrá fingir con la mirada…

Poema XIV

     Bueno, pues como lo prometido es deuda, aquí va una más de las tantas que aún quedan hasta completar el año. Siguiendo la línea decadente de todo el libro, un poema que habla de nuestra insignificancia en comparación con la gran masa de agua y tierra que es este mundo y de nuestro anhelo (el del ser humano), por encumbrarnos en el epicentro de la Creación.

Espero que os guste.

Luna

XVI

Es este mundo una máquina atroz,
Criatura feroz
De alma resuelta;

Bola que rueda constante y veloz
Y en compás ulterior
Los ciclos desvela;

¿Y qué papel representamos nosotros,
en todo este entramado,
formando parte de ella?

El polvo extenuado,
la raza imperfecta,
la piel desechable
que alienta sus giros
y queda a su paso
decrépita y muerta;

Aquella de que su cuerpo se deshace,
por serle inservible,
vuelta tras vuelta;

Y nosotros aún nos creemos importantes,
parte esencial de esta cínica esfera,
y así inventamos el alma inmortal
que todo lo puede y por siempre se queda…

Tan grande es nuestro pesar,
tan ínfima nuestra existencia,
que dejamos a un lado al ser racional
en pos del designio de esta creencia.

Todo por no aceptarnos como somos,
cuán vana es nuestra sutileza.
Que si hubiera en verdad un Dios inmortal
tal vez nos dijera con toda firmeza:

¿Quién crees que eres?
Barro miserable,
¡molécula enferma!

Yo soy la razón,
yo soy la verdad,
y tú no eres más
que una efímera siembra;

El tiempo en mi mano
se expresa fugaz,
y tú eres la faz
de una esquirla que tiembla;

La astilla que asoma
su vientre tenaz,
el hambre voraz
que muerde tinieblas;

Mi mano es la mano
que te ha de aplastar.
El soplo mortal
que mueve la rueda…

La Rueda que nos mueve (el tiempo)

31 de diciembre de 2018

Hoy, 31 de diciembre, muere un nuevo año. Como solemos hacer en este tipo de fechas señaladas que parecen marcar un punto de inflexión en el tiempo, hoy me pongo a hacer recuento de lo que ha sido el año 2018 y lo que me gustaría que fuese el 2019.

No pasará un año sin que tengamos la sensación de habernos dejado muchas cosas por hacer en el camino. Unas se van perdiendo, relegadas al olvido. Otras, aún vivas en nuestro pensamiento, pasan de un cajón a otro como propósitos para el año que está por venir.

Haciendo tales recuentos me hallo:

La literatura ha sido una constante en mi vida, sin embargo, hoy veo con tristeza como ha pasado un año entero (más, en realidad), durante el cual no he escrito una sola entrada en mi blog. He escrito a lo largo de este tiempo, bien es cierto, pero lo mejor que tienen las artes, que es compartirlas con la gente, es algo que me he dejado un poco atrás. Y ya que tan reflexivo y motivado me encuentro en este día, no voy a dejar que termine el año sin haber compartido un poco de mí con todos vosotros.

En el año 2012 terminé una obra poética titulada “La rueda que nos mueve”, en la que a través de una serie de poemas se habla de cómo el tiempo va trayendo y llevándose todo aquello que se halla en nuestras vidas. Se lleva a cabo en tres partes. La primera está dedicada a las pasiones; la segunda, a la decadencia y muerte de esas pasiones; y la tercera, al tiempo de reflexión que viene una vez pasadas las dos primeras, tiempo en que nos replanteamos nuestros actos y nuestros sentimientos una vez que somos capaces de mirar atrás con mayor objetividad. El amor, la guerra, el arte, el genio, la filosofía… todas ellas tienen cabida en esta obra que a lo largo de este 2019 me he propuesto regalaros.

Durante los primeros meses después de terminarla traté de conseguir su publicación y la envié a distintos concursos literarios con la esperanza de hacerme ver, pero queda claro que la obra no tuvo cabida entre la crítica literaria consolidada. Así pues, desempolvándola después de más de seis años, hoy publico el primer poema de los diecinueve que la conforman. Lo podréis encontrar en el menú de inicio, en el apartado del mismo nombre: “La rueda que nos mueve”, y os iré avisando a todos cada vez que se publique un nuevo poema. Espero de corazón que lo disfrutéis.

Un saludo para todos, y feliz 2019.

Sebastián

Halloween, y la Noche de todos los santos

Se acerca Halloween, y la noche de todos los santos, y un ejército de vaporosas sombras se reúnen en torno a las hogueras y las sinuosas llamas de las velas que hemos deslizado aquí y allá en nuestros resguardados hogares. Hay algo ominoso en el humor de la noche, en los insondables recovecos de la atmósfera nocturna que, sin poder desentrañar su influjo, todos percibimos, y nos llenamos de ello.

Al igual que para todas las demás sensaciones, existen momentos más propicios para el terror. Cuando pensamos en esta noche agorera, sentimos en el espinazo un latigazo muy particular. Antes incluso de que llegue, esa sensación ya nos invade, pues el mero pensamiento nos predispone a sufrir su particular embrujo. Las velas encendidas, los cementerios vivos, las iglesias abiertas y las oraciones que adquieren un matiz diferente en boca de las beatas. Los ecos… los silencios… las voces palpitantes y las susurrantes… Todas ellas esconden un significado peculiar en tan mágica noche que nos atrapa en su tránsito hacia el infinito.

Y, sin embargo, no es esta noche diferente del resto, de no ser por un elemento sustancialmente subjetivo: la creencia y el ingenio colectivos.

Y así es. Probad a ser los únicos creyentes. Creed en cualquier cosa cuándo y dónde nadie comparta vuestras creencias. Muy probablemente, poco a poco también vosotros dejaréis de creer. Probad, sin embargo, lo contrario: a manteneros al margen de todo aquello que os rodea; a pensar, a sentir, a convenceros de algo diferente a lo que piensa el resto. Y por mucho que tratéis de cerraros en vuestras propias ilusiones, muy probablemente, os deis cuenta de cómo lentamente ellas también ceden hasta dejarse llevar por el sentir colectivo.

La mayoría de vosotros no estará dispuesto a creer que hay fantasmas engarzados en los rincones de sus casas un 25 de diciembre, pero en la noche del 1 de noviembre veremos más de uno arrebujado en la despensa, deslizándose bajo la cama o colgando de la lámpara del sótano. ¿Y qué diferencia esta noche de cualquier otra noche? ¿Qué es aquello que empuja a nuestros sentidos y nuestro pensamiento a ver acechantes demonios y a oír intranquilizadores sonidos en la vasta cerrazón? El saber que todos aquellos que te rodean ven y oyen lo mismo que tú. El influjo colectivo. Y una penetrante morbosidad por querer creer que lo sobrenatural existe, sin que queramos cruzárnoslo, por supuesto, pero sintiendo que se mueve a nuestro alrededor.

Desde luego, también nosotros podemos propiciar que esa atmósfera se densifique y cobre forma a nuestro alrededor, alentando nuestros miedos y espoleando la imaginación. A todos nos gusta, seamos sinceros, sentir ese estallido de electricidad que recorre nuestro sistema nervioso cuando algo nos espanta, teniendo presente muy en el fondo que no es verdad, pues es esto lo único que nos sosiega y nos salva de salir corriendo a la más mínima turbación.

Probad si no a entrar de noche en una casa abandonada, a caminar a solas por un bosque o, simplemente, a ver una película de terror. ¿Y por qué hacemos esto? Porque nos gusta sentir esa sensación de pavor a sabiendas de nuestra razón de que todos nuestros miedos son infundados, y después, el alivio que nos colma una vez que todo ha terminado. Nos gusta experimentar con nuestras emociones, con nuestro instinto, con nuestra imaginación, pues todo ello despierta nuestras mentes y nuestros cuerpos, y nos hace entrar en estados de alarma que pocas veces se activan en nuestra vida diaria.

Nos place, pues, disfrutar del potencial aletargado que somos capaces de desencadenar en nosotros mismos. Nos excita, y nos apasiona.

Pues bien, para aquellos que pretendan dejarse llevar por tan truculenta ensoñación durante esta particular noche, os dejo aquí una lista de aquellos relatos que alguna vez me hicieron sentir todo esto de lo que hoy os hablo. Procurad leerlos a solas, a la luz de las velas en una silenciosa estancia, y ya veréis cuán poco tiempo tardáis en comenzar a ver fantasmas y a escuchar los sonidos sobrenaturales que estos provocan en los recovecos más cercanos de vuestro hogar…

 

El horla – Guy de Maupassant

Las ratas del cementerio – Henry Kuttner

Las palomas del infierno – Robert Ervin Howard

La casa del juez – Bram Stroker

El corazón delator – Edgar Allan Poe

En la cripta – HP Lovecraft

El crimen de Lord Arthur Saville – Oscar Wilde

Las tumbas de Saint Denise – Alejandro Dumas

El guardavías – Charles Dickens

La ventana tapiada – Ambrose Bierce

La cruz del diablo – Gustavo Adolfo Becquer

 

Y para los más pequeños:

El árbol de las brujas – Ray Bradbury

 

Que tengáis una feliz y terrorífica noche.